Oscars 2012: Fuera de lo común y el Oscar global

Después de ver las nominaciones anunciadas por la academia de Hollywood esta mañana, nos podría dar la impresión que se trata de una jornada normal en la historia de los Oscar. Algunas favoritas (El artista, La invención de Hugo Cabret), algunas sorpresas, sobre todo en las categorías actorales, algunos desprecios (Las aventuras de Tin Tin, Michael Fassbender, Ryan Gosling, por ejemplo). Incluso podríamos identificar el tema anual: una pequeña y casi imperceptible intención por mirar más allá de las fronteras de Hollywood y acercarse al Oscar global.

Sin embargo, desde que las fueron anunciando esta mañana Tom Sherak, presidente de la academia y la actriz Jennifer Lawrence (Winter’s Bone), y pudimos revisar la lista de nominadas; empezamos a notar las anomalías.

Cuando una categoría tiene diez sitios para nominar y sólo nomina nueve (película), básicamente está diciendo al resto de las competidoras que ninguna merecía estar ahí. Nominar a diez siempre implica que la competencia estuvo dura y muchas podrían haber aparecido.

Son nueve las nominadas pero sólo una ganadora probable. Me refiero a El artista, ese homenaje al cine mudo, que con diez menciones, la mayoría en categorías importantes, se perfila como la favorita por volumen. La invención de Hugo Cabret de Martin Scorsese tiene once menciones, pero ninguna en las categorías de actuación, y eso quita puntos.

Hay dos cintas con seis, Caballo de guerra y El juego de la fortuna (ambas ausentes en dirección), una con cinco, Los descendientes (la ganadora del globo de oro). El resto son Medianoche en París (4) Historias cruzadas (4), El árbol de la vida (3) y la colada Tan fuerte y tan cerca (2).

Sólo Steven Spielberg y John Williams tienen dos nominaciones en la misma categoría. Spielberg en mejor película (coprodujo Caballo de guerra e Historias cruzadas) y Williams, su compositor de cabecera, en banda sonora (Las aventuras de Tin Tin y Caballo de guerra).

En mejor actor aparecen tres primerizos (Bichir, Dujardin y Oldman), enfrentando a los favoritos: Clooney (Los descendientes) y Pitt (El juego de la fortuna). Una categoría donde quedan fuera tres precandidatos fuertes: Michael Fassbender, Ryan Gosling y Leonardo DiCaprio.

Algo similar sucede en mejor actriz donde Rooney Mara (La chica con el dragón tatuado) se lleva el sitio al que aspiraban Charlize Theron y Tilda Swinton. Mara, primeriza, compite ahora con la reina del Oscar Meryl Streep (La dama de hierro es su 17 nominación), Glenn Close (Albert Nobbs su sexta), Viola Davis (Historias cruzadas su segunda) y Michelle Williams (Mi semana con Marilyn su tercera).

Las categorías de soporte siempre han dado cabida a lo inesperado, quizá por ello no sorprenda descubrir a Jonah Hill enfrentado con cuatro veteranos de la actuación (Branagh, Nolte, Plummer y el inefable von Sydow). O a Melissa McCarthy, que suma a su Emmy por Mike & Molly y su Globo de Oro; una nominación por Damas en guerra. Una categoría donde cuatro contendientes son novatas en estas lides: Berénice Bejo (El artista), Jessica Chastain y Octavia Spencer (Historias cruzadas), sólo Janet McTeer (Albert Nobbs) repite (fue nominada en 2000 por Tumbleweeds).

Para mejor dirección, la competencia parecería venir de tres décadas atrás, encabezada por Martin Scorsese (La invención de Hugo Cabret) y Woody Allen (Medianoche en París), pero luego aparecen la revelación Hazanavicius (El artista), el favorito Alexander Payne (Los descendientes) y el inevitable director de “culto” Terrence Malick (El árbol de la vida). La ausencia de cuatro de las nominadas a mejor película incapacita sus posibilidades, nunca ha ganado una película que no fue nominada a dirección.

Hasta las categorías anodinas, como mejor cine animado tuvieron sorpresas. Pensemos en que quedaron fuera Tin Tin y Pixar, y aparece una animación francesa Gato en París de Alain Gagnol y una española Chico y Rita de Fernando Trueba. Una tendencia que se repite en las categorías de cortometrajes.

No es noticia que Wim Wenders aparezca entre los candidatos a mejor documental (ya lo hizo con Buena Vista Social Club), pero sí que lo haga con el primer documental 3D de la historia.

Me pregunto por qué la academia se toma la molestia de tener una categoría de mejor canción si sólo va a nominar dos películas. La posibilidad de ese Oscar es altísima (50%), un volado. Adiós a Madonna, Elton John y las demás estrellas sonoras; bienvenidos Carlinhos Brown y Sergio Mendes (Rio), bienvenido Bret McKenzie (Los Muppets).

Como suele suceder, la categoría de cine en idioma extranjero es una de las más intrigantes. Será porque para votar ahí, los miembros de la Academia están obligados a ver todos los contendientes, pero es una de las competencias más fuertes y este año no se queda atrás. De hecho la cinta iraní que ganó el globo de oro (Una separación), también tuvo una mención como guión original.

Las categorías técnicas tienen las cintas que esperaríamos. Grandes dramas de época en vestuario, ciencia ficción y fantasía en efectos visuales; acción, aventura y suspenso en sonido. Nada novedoso, excepto que la súperproducida Harry Potter apenas tuvo tres menciones, las mismas que Transformers 3.

El interés vuelve a despertarse, sin embargo, cuando llegamos a las competencias de guiones. La de guión adaptado, porque incluye dos de las cintas favoritas (Los descendientes y La invención de Hugo Cabret), enfrentados a la única mención a Traición y Poder de Clooney, el inteligente guión de los efectivos Zaillian y Sorkin para El juego de la fortuna de Michael Lewis, y la adaptación de O’Connor y Straughan de la novela clásica de espías de John Le Carre, Tinker Tailor Soldier Spy que se editó en su momento como El topo.

Más dura es la competencia para guión original, donde Woody Allen y su Medianoche en París va contra cuatro novatos: Hazanavicius por El artista, Kristen Wiig y Annie Mumolo por Damas en guerra, J.C. Chandor por Margin call y el iraní Farhadi por Una separación.

No puedo dejar de mencionar el horror anual que representan las traducciones en los títulos de las películas. En una categoría imaginaria, si La chica con tatuaje de dragón fue cambiada por la chica del dragón tatuado (ahora el tatuado es el dragón); y The help fue sustituido por el trillado Historias cruzadas, Bridesmaids en Damas en guerra; el Oscar al peor título traducido se lo lleva Moneyball que se convirtió en El juego de la fortuna, un título anodino que no sólo le roba el significado original a la palabra inventada por el autor del libro, sino que además cobra muy poco sentido para describir la película.

La entrega del Oscar se celebrará el próximo domingo 26 de febrero a las 18:30 hrs y se transmitirá por TNT

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Para El Economista, arte ideas y gente, del miércoles 25 de enero del 2012

Enlaces de interés

La lista completa de nominaciones en el sitio de la Academia (inclusive algunos trailers)

La lista completa de nominaciones en El Economista (tabla)

Para descargar un formato con todos los nominados de IMDB.com

Road to the Oscars en imdb.com

 

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Oscars 2012: Bichir, Lubezki y la suerte de México en los Oscar

Hace un año escribía que México no ha tenido nunca mucha suerte en los Oscars, tocaba entonces el turno para la tercera nominación de González Iñárritu por Biutiful, y más que documentar el pesimismo se trataba de analizar las verdaderas posibilidades de que el director se hiciera con la codiciada estatuilla dorada.

Un año después son otros dos mexicanos los que reciben nominaciones. Uno de ellos: Demián Bichir, en una categoría donde hasta ahora nunca había sido reconocido un compatriota: mejor actor. No considero a Anthony Quinn, a pesar de haber nacido en Chihuahua, como “actor mexicano”, aunque en los sesenta nos gustara ponerle la etiqueta nacional. Quinn vivió toda su vida y llevó su carrera en los EEUU donde fue nominado a cuatro Oscars y ganó dos.

Bichir es nominado por A better life (Una mejor vida), la historia de Carlos Galindo, un inmigrante ilegal que trabaja como jardinero en el este de Los Angeles y sólo busca lo mejor para su familia. Paradoja que en un momento en que la agenda bilateral entre México y EEUU parece haber dejado el tema migratorio en uno de sus sitios más fríos; mientras en los debates republicanos a la presidencia se discute si se debe reforzar el muro fronterizo o ampliar los alcances de las leyes racistas como la lanzada en Arizona en 2010; sea Hollywood el que regrese el tema al escaparate público y lo haga desde su ángulo más relevante: el humano.

Es la única nominación para A better life, lo que dice mucho sobre el trabajo de Bichir (también nominado por el gremio de actores de Hollywood, el National Board of Review, la Sociedad de críticos de Phoenix y los premios latinos: ALMA).

Bichir apenas declaró a Entertainment Weekly que dedica su nominación a los once millones de migrantes mexicanos “que hacen nuestras vidas en EEUU más fáciles y mejores.”

La cinta fue dirigida Chris Weitz, un director irrelevante, responsable de Luna Nueva, la segunda cinta basada en las novelas de Stephanie Meyer, pero también de las medianamente interesantes About a boy y American Pie.

Desde su debut en Rojo Amanecer, Bichir ha tenido una reconocida carrera en el cine y la televisión. Telenovelas, y varias películas en los años noventa, como Santitos, Todo el poder, Sexo Pudor y Lágrimas, y apenas un puñado en la primera década del siglo. Por lo menos hasta 2008 en que emigra a los EEUU y consigue el papel de Esteban Reyes en la aclamada serie de Showtime, Weeds (la historia de una madre suburbana que florece como distribuidora de mariguana). Año positivo para Bichir en que aterriza el papel de Fidel Castro en Che, el argentino de Steve Soderbergh, justo antes de volver a México para Hidalgo: la historia jamás contada.

Su próximo proyecto es un rol secundario en la cinta Savages de Oliver Stone, basada en la novela de Don Winslow sobre dos cultivadores de mariguana que se enfrentan a un cártel mexicano (se vale suspirar).

El triunfo de Bichir en esta disputada categoría es casi imposible (va contra el favorito George Clooney por Los descendientes y Brad Pitt por Juego de la fortuna), pero sin duda será un punto de inflexión en su carrera que posiblemente le dé papeles más allá de los lugares comunes que Hollywood le tiene destinados en estos días a los mexicanos (¿Una pista? piensen en la mariguana y el narco).

Emmanuel Lubezki, por otra parte, no es ningún novato en la Academia de Hollywood. Suma su quinta nominación por su extraordinario trabajo en El árbol de la vida, segunda colaboración (segunda nominación) con el también nominado director de culto: Terrence Malick.

Su participación fue nominada también por el gremio de cinematógrafos estadounidenses; además de ganar los premios respectivos de las asociaciones de críticos de Austin, Dallas, Florida, Los Angeles, Chicago, Boston, San Diego, San Francisco, Washington, la Sociedad Nacional de Críticos, la de críticos online, críticos del sureste, y los críticos de la televisión estadounidense.

El nacido en 1964 ya había sido nominado en 1995 por La princesita de Alfonso Cuarón, La leyenda del jinete sin cabeza de Tim Burton (1999), El nuevo mundo de Malick (2005), y la magnífica Hijos de los hombres, también de Cuarón en 2006.

Desde su debut en Bandidos de Luis Estrada, y la más conocida Sólo con tu pareja, Lubezki se convirtió en un nombre que difícilmente se nos olvidaría. Su talento cruzó la frontera para La dura realidad de Ben Stiller, justo antes de recibir su primera nominación por La princesita. Cinematógrafo de cabecera de Cuarón y Malick, Lubezki ha trabajado también con los hermanos Coen (Quémese antes de leer), Michael Mann (Ali), Mike Nichols (La jaula de las locas) y varios directores más. Su dos siguientes cintas son Gravity, precisamente de Cuarón (en postproducción) y lo que se conoce hasta ahora como Futuro proyecto sin título de Terrence Malick.

De los dos mexicanos nominados es Lubezki quien tiene más probabilidades de adornar su chimenea este año con un Oscar, favorito, sin duda, en su categoría.

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Para El Economista, arte ideas y gente, del miércoles 25 de enero del 2012

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100 – Mis películas del 2011

1. The tree of life (El árbol de la vida) de Terrence Malick

Quién podía anticipar que en una película producida en el cine de hoy, tan constreñido por cuestiones comerciales y presupuestales, cabría la historia del universo, de nuestro sistema solar y las preguntas añejas sobre la vida después de la muerte, la felicidad y el dolor humano; todas reducidas al microcosmos de una familia texana durante un verano. Brad Pitt y Jessica Chastain son ambos lados del espectro paternal, pero el resto es el tiempo de la infancia. Evocativa, conmovedora, y sacando provecho de la inefable capacidad de Malick para contar una historia y detrás de ella decir mil cosas más.

2. Miss Bala de Gerardo Naranjo

Laura (Stephanie Sigman), una chica de origen humilde, aspira a un concurso de belleza local, asiste con su amiga a un antro y el mundo se le viene encima. Bueno, no el mundo, se le viene encima México del 2011, en su particular versión fronteriza. Con extraordinaria solvencia Naranjo captura el zeitgeist de la violencia, el narco, la política y el desgraciado papel que le queda a los demás, ciudadanos colaterales, apenas capaces de reaccionar como canicas en un pinball perverso. Igualmente inteligente y perturbadora.

3. Winter’s bone (Invierno profundo) de Debra Granik

La cinta se monta, como True Grit sobre los hombros de su joven protagonista Ree (Jennifer Lawrence: extraordinaria) quien debe sacar adelante a sus hermanitos en la peor pobreza imaginable. Todo, mientras intenta averiguar qué diablos pasó con su padre entre clanes de oscuros pactos, odios ancestrales y venganzas juradas. Terrorífica y heroica. Una de esas cintas que se cuelan desde Sundance para sacudirnos en lo más hondo.

4. Un prophète (El profeta) de Jacques Audiard

Se ha elaborado mucho sobre el papel formativo (o deformativo) de las prisiones. Nunca más que en esta antihistoria de formación del genial Audiard. Malik, un joven árabe  (Tahar Rahim: impresionante), entra a la cárcel francesa por agresión y pronto se ve reclutado (a la fuerza) por la mafia corsa. Lo que sigue es su propio crecimiento como persona, como hombre y como criminal. Audiard va lejos, explorando el doble filo su maduración en los oscuros abismos detrás de la doble moral francesa y la lealtad del mundo del crimen. El final es de absoluto delirio.

5. True Grit (Temple de acero) de Joel y Ethan Coen

Los Coen construyen un western metafísico muy en su estilo, cuando una jovencita (Hailee Steinfeld: luminosa) contrata a un matón (Jeff Bridges) para vengarse de los asesinos de su padre. La cinta oscila entre el humor renegrido y la épica y nos conmueve. Steinfeld, a pesar de su corta edad, tiene la capacidad de matizar el dolor, la ilusión, la inocencia y la inteligencia como motor de su resolución de justicia. Por cierto, uno de los mejores trabajos de uno de los genios de la cinematografía moderna: Roger Deakins.

6. The King’s Speech (El discurso del Rey) de Tom Hooper

Aunque la deplorable ceremonia del Oscar nos arruinó el final, la cinta de Hooper es mucho más que esas palabras recitadas por el rey (Colin Firth) frente al micrófono a una nación al borde de la guerra. Hooper refleja con elegancia las sutiles emociones que transitan detrás de los ojos de sus personajes, así como la aciaga vigencia que cobra el peso de la monarquía en los hombros de un hombre y una nación. Pero la cinta es tanto del rey, como del conmovedor maestro/médico que lo busca curar (Geoffrey Rush en el papel de su carrera). Y esos son sólo algunos de los enormes aciertos de esta magnífica cinta llena de detalles que sólo se aprecian en una segunda visita.

7. Presunto Culpable de Roberto Hernández y Geoffrey Smith

La película más comentada del año nace de una auténtica polémica y conflicto de derechos. Un documental que abarrota las salas de nuestro país ya es noticia, pero uno que desenmascara el podrido sistema judicial del país, lo es más. Hernández y Smith se toman sus licencias con la secuencia narrativa y aderezan la emoción detrás de algunos momentos, pero también son capaces de construir el mejor thriller del año a partir de la complejidad obtusa de un expediente judicial. Una lección que indigna y nos convierte, aunque sea un poco, a una causa indispensable para quienes pretendemos vivir un rato más en este país.

8. Somewhere de Sophia Coppola

Pocas veces se consigue retratar la soledad absoluta del ser humano como lo hace Coppola con este actor hospedado en un lujoso hotel angelino. Es hasta más de media cinta en que caemos en cuenta que se trata de una de las mayores súperestrellas del cine de su tiempo, un indolente autómata de la fama, que empieza a descubrir sus emociones y humanidad cuando se ve obligado a convivir con su hija unos días. La Coppola que ya ha mostrado su talento para explorar la psique de la soledad (Lost in translation es un monumento), acierta de nuevo, si acaso para recordarnos que detrás de todo el oropel del mundo, también habitan seres humanos.

9. Gigante de Adrián Biniez

Un guardia de seguridad de un supermercado (Horacio Camandule) se enamora de la chica que trapea los pasillos (Leonor Svarcas). La espía a través de las cámaras del sistema de seguridad, la sigue en las calles. No es el maniático asesino que nos ha enseñado a esperar la televisión estadounidense, sino un tímido y buen hombre encerrado en la rutina, que ha descubierto la luz en la ilusión de algo más. Pausada y deliciosamente simple.

10. Inside Job (Trabajo confidencial) de Charles Ferguson

Si el gobierno secreto que gobierna los destinos del mundo está en Wall Street, no fue capaz de detener el micrófono o la cámara de Ferguson para desenmascararlo. El director empieza explorando quién tuvo la culpa de la crisis mundial reciente, y termina apuntando el dedo a más de la mitad de los personajes que ocupan el gobierno del “cambio” estadounidense. Brutal e impactante, un documental que apenas nos deja respirar. Después de Inside job, no veremos el mundo, ni los encabezados (financieros o no) con los mismos ojos.

11. La nana de Sebastián Silva

Esta cinta chilena explora los complejos entresijos morales y sentimentales entre una familia y su servidumbre, y lo hace sin sensiblerías ni ánimo de denuncia social. Al contrario, se vale del sentido del humor, y de su formidable actriz, Catalina Saavedra, para proyectar a Raquel como una mujer hosca, afectuosa y profundamente desconfiada ante cualquier cambio que ponga en entredicho su jerarquía doméstica. Por momentos invisible, por otros indispensable, Raquel es la chacha, que podría habitar cualquier hogar de latinoamericano. Silva mira con humor y honestidad dentro del cuarto de servicio y descubre un panorama de lealtad, amor, resentimiento y dolor.

12. The American (Ocaso de un asesino) de Anton Corbijn

La decadencia del asesino profesional y su inevitable soledad, han sido bien retratadas en una docena de películas. Lo que destaca de esta europea y elegante rendición de Corbijn, es su juego con nuestras expectativas, desde la desconcertante violencia y crueldad del carismático Clooney, hasta la posibilidad de construir distintos subtextos, un complot detrás de otro, que no nos dejan ver más que lo aparente hasta que es demasiado tarde.

Menciones especiales:

12. X-Men First Class de Matthew Vaughn, 13. Limitless (Sin límites) de Neil Burger, 14. The Town (Atracción peligrosa) de Ben Affleck 15. Hereafter (Más allá de la vida) de Clint Eastwood, 16. Black Swan (Cisne negro) de Daren Aronofsky, 17. The fighter (El peleador) de David O’Russell, 18. Super 8 de J.J. Abrams, 19. Unstoppable (Imparable) de Tony Scott 20. The adjustment bureau (Los agentes del destino) de George Nolfi.

 

Decepciones (pero también…qué esperaba)

1. The expendables (Los indestructibles) de Sylvester Stallone

En los ochenta hubiera sido el sueño húmedo de cualquier macho cinéfilo: Stallone, Willis, Jet Li, Statham, Rourke, Couture, Lundgren, Schwarzenegger, todos, vamos toda la testosterona de Hollywood en la “última” cinta de acción. Hoy, fuera de un par de gags simpáticos, es un plomo de dos horas lleno de explosiones, moralinas baratas y más canas que neuronas.

2. Green Lantern (Linterna verde) de Martin Campbell

A veces los cómics más épicos quedan desnudados en la pantalla como en una autopsia cruel. De Campbell, que ya había ofrecido el mejor Bond (Casino Royale), se esperaba una adaptación competente de uno de los cómics reverenciados de DC. Pero el director y su elenco se ahogaron sin remedio en una explosión de efectos especiales y sentimentalismo reciclado. A lo mejor por eso pensaron que la audiencia necesitaba un flashback un minuto después de ver la escena. ¿Qué pasó? Ah, sí cierto, se murió su papá.

3. The invention of lying (La mentira original) de Ricky Gervais y Matthew Robinson

Una cinta sin futuro que quiso llevar hasta el extremo la lógica de un mundo inverso donde todos dicen la verdad (siempre). La premisa daba para reír quince minutos, después necesitaba contar algo, y ni la simpatía natural de Gervais salva un guión ñoño y mediocre lleno de todos los clichés imaginables incluida una insoportable cursilería.

4. Machete de Robert Rodríguez

El truco de valerse del cine basura para construir arte es la esencia del cine de Tarantino y de su wannabe partner Rodríguez. Funcionó en el duelo Grindhouse, particularmente en su Planet Terror, pero ahora, al convertir en largometraje el gimmick de un trailer de broma, el resultado es grotesco y casi repulsivo. Nos podremos reír un poco, pero el resto del tiempo estaremos preocupados por lo que va a pasar con nuestro espíritu.

5. Repo Men (Los recuperadores) de Miguel Sapochnik

Una basura insustancial, violenta y sin sentido sobre un futuro donde la cobranza llega a embargar nuestras entrañas (literalmente). Sólo sirve para recordarnos que esa llamada del banco en nuestra contestadora no es el peor escenario posible.

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Para El Economista, arte, ideas y gente del miércoles 18 de enero del 2012

 

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99 – Mis libros del 2011 (ficción)

1. Némesis de Philip Roth (Vintage – Mondadori)

Una historia en apariencia sencilla sobre Bucky Cantor, un joven profesor de educación física a cargo del campamento durante uno de los veranos más calurosos. La melancólica historia de formación se transforma de pronto en una pesadilla cuando la ciudad es golpeada por el peor brote de polio de 1944. Roth explora todas las emociones que provoca la tragedia, el miedo, la angustia, el dolor y la culpa, mientras Bucky las atestigua y trata de sacar adelante su vida, esquivando los designios de un dios cruel. Un libro de extraordinaria belleza y profundamente conmovedor, nos envuelve con toda la fuerza de una tragedia griega, hasta que Roth nos sacude con una bofetada intempestiva. Uno de los mejores libros de un autor que espera, desde hace rato, en la antesala del Nobel.

2. El pasaje de Justin Cronin (Umbriel)

Dentro de la ciencia-ficción hay toda una tradición dedicada a los escenarios postapocalípticos. El punto de partida de El Pasaje no es distinto: un virus acaba, terroríficamente con buena parte de la humanidad. Siglos después, una pequeña comunidad rodeada por seres infectados intenta sobrevivir. Cronin reinventa al ser más trillado en la literatura de nuestros días: el vampiro. Valiéndose de sus conocimientos de historia para proyectar escenarios perfectamente factibles que de pronto recuerdan The Stand, pero también a Tolkien. Quizá la mejor manera de hacerle justicia a Cronin sería decir que éste, es uno de esos libros donde queremos (necesitamos) seguir leyendo. Una historia de largo aliento que nos deja acompañar a sus personajes a ir descubriendo un mundo, donde reconoceremos fragmentos, a veces inquietantes, de lo que fue el nuestro.

3. Las alas del dinosaurio de Sissel-Jo Gazan (Alfaguara)

El mayor científico del museo de historia natural de Dinamarca muere en circunstancias misteriosas. Detrás del crimen parece estar una añeja disputa sobre el origen de las aves o quizá algo muy distinto. Investiga el inspector Søren, y también la joven Anna Bella Nor. Gazan construye un entramado psicológico, deteniéndose, primero, en la parte científica; pero más allá, en la historia de cada uno de sus personajes, y sus dramáticos antecedentes donde la verdad siempre parece elusiva. La autora consigue que lo que menos nos importe sea la solución del crimen. Nos interesan Ana, Søren, y el resto; queremos que los múltiples misterios, encuentren una explicación, una catarsis, un respiro de redención. Las alas del dinosaurio es una gran novela policíaca, merecedora, sin duda, de los elogios que la preceden en la academia y prensa danesas.

4. La devoción del sospechoso X de Keigo Higashino (Ediciones B)

El policíaco occidental, rara vez alcanza las profundidades morales y psicológicas del libro de Higashino. Ishigami, un genio matemático elabora un plan para ocultar un crimen. No se trata de las elaboradas perversiones de un asesino serial, o uno de esos villanos que hacen las delicias del thriller estadounidense, sino de un tímido profesor enamorado de su vecina. Desde la Highsmith nadie había explorado los abismos oscuros de sus protagonistas como lo hace Higashino, convirtiendo esta devoción en una novela inteligente y sumamente cruel.

5. 11/22/63 de Stephen King (Scribner)

Algo sucede con el rey del pop y el terror, en lugar de repetirse y dejar que su literatura se desdibuje en una prosa autocomplaciente y reiterativa, parece coger nuevo aliento cada vez que se sienta frente a la pantalla y se aventura arrastrándonos con él, a su universo de horror. La más reciente es una de sus obras más ambiciosas: un profesor se cuela en una grieta en el tiempo y decide arreglar el momento en que “todo” se arruinó: la pérdida de la inocencia de los EU: el asesinato de Kennedy. Casi mil páginas deliciosas que incluyen un viaje a Derry que podría ser un descendiente de Eso, y una combinación del mejor King, ese que atrapa el espíritu estadounidense en cada detalle de la vida cotidiana, y que es capaz de crear un mundo lleno de reglas macabras y lógica onírica donde las peores pesadillas no terminan al despertar: a veces tocan a la puerta o llaman por teléfono, y nos hacen proposiciones al oído en la oscuridad de nuestra habitación.

6. Pánico al amanecer de Kenneth Cook (Seix-Barral)

La reedición de esta novela sobre un viaje infernal en la campiña australiana no podía haber sido más afortunada. John Grant, un joven profesor de vacaciones, hace un duro trayecto para cruzar los inhóspitos territorios del centro de Australia para llegar a pasar el verano en la capital, una suerte de vuelta a la civilización. A medio camino decide jugarse el todo por el todo en un garito rural, y pierde. Los dos días siguientes son absolutamente perturbadores, mientras Grant intenta escapar una espiral de alcohol, violencia y perdición. El profesor trata de recuperar, no su dinero, sino los despojos de su dignidad y su esencia humana.

7. Agosto / octubre de Andrés Barba (Anagrama)

Un adolescente decide repetir en octubre su viaje del verano pasado. Esperando reencontrar su relación con los malandrines locales, incluido algún acto vandálico, aprovecharse de la tonta del pueblo, y nadar en el puerto. Lo que fue diversión en el verano se transforma en melancolía decadente al otoño, como si el cambio de luz llevara consigo un cambio de espíritu, de madurez y moral. Barba atrapa el conflicto y la verdadera transformación de su protagonista, enfrentado con su propio e incipiente sentido de la moral y la belleza.

8. La hora de las sombras de Johan Theorin (Mondadori)

Inicia con la desaparición de un niño en una remota isla sueca, y continúa veinte años después, cuando Julia, su destruida madre regresa a la región para descubrir que Gerlof, su anciano padre, ha continuado investigando, desde la residencia para ancianos donde pasa sus últimos días, lo qué sucedió esa tarde. Theorin equilibra dos tramas paralelas: en una conocemos la historia de Nils Kant: el delincuente más temido de la región y su leyenda siniestra. En la otra, las averiguaciones que Julia y su anciano padre realizan, mientras descubren que la amenaza no necesariamente quedó en el pasado. Más una historia de misterio psicológico que un thriller policíaco.

9. Contra el viento del norte y Cada siete olas de Daniel Glattauer (Alfaguara)

Aparentemente no hay temas más sobados en la literatura universal: enamorarse, desenamorarse, hacer el amor, amores prohibidos, perdidos, dolorosos, desencuentros, ilusiones, celos, obsesiones, penas de amor. Pero Glattauer, en este par de novelas epistolares del siglo XXI, nos convierte en espías de la correspondencia íntima (electrónica) de alguien más, invitando a ese voyeur que llevamos dentro a que se inmiscuya, con licencia, en un universo privado, lleno de sensibilidad, humor, inteligencia y momentos conmovedores.

10. Dinero fácil de Jens Lapidus (Suma)

La novela negra escandinava suele pintar escenarios ya familiares: detectives meditabundos, una sociedad de bienestar que se va por la borda y crueles y misteriosos crímenes en la nieve. Lapidus toma un ángulo diferente, más cercano a James Ellroy. La historia de tres criminales en distintos puntos del bajo mundo de Estocolmo. Jorge, un dealer chileno, fugado de prisión y dispuesto a todo para no volver. JW, estudiante vividor que convive con amigos ricos y vende cocaína en los rincones más podridos de la alta sociedad sueca. Y Mrado, un matón de medio pelo en desgracia, en conflicto permanente con su nuevo jefe en la organización criminal serbia. La primera parte de una trilogía prometedora.

Decepciones

1. Ánima de Antonio Ortuño

Desde hace poco Ortuño se ha ido labrando una reputación como autor audaz, una suerte de Chuck Palahniuk a la mexicana, con una obra que rezuma mala leche, lenguaje violento y situaciones límite. En Ánima enfoca su idea de literatura al submundo del cine mexicano, pero el tema es en realidad un pretexto para perturbar “a fuerzas”. Disfrutable sólo para el lector atrapado en alguna etapa escatológica, y todavía encuentra divertido leer como los personajes emiten todo tipo de efluvios fisiológicos, mientras dan salida a sus más torcidas perversiones.

2. Tijuana: Crimen y olvido de Luis Humberto Crosthwaite

Una novela que inicia con un misterio que no pretende descubrir, y termina cuando el autor se vuelve el protagonista (literalmente) de su incapacidad para averiguar qué pasó y salvar la trama. Se nos vendió como ejemplo de los riesgos del periodismo en el México actual. Al final, el único riesgo lo corren los lectores que esperan una historia, una solución y algo de sentido más allá de los trucos y vueltas de tuerca de Crosthwaite.

3. Sangre de familia de Juan José Rodríguez

Aprovechando el éxito ya muy exprimido de la serie de Stephanie Meyer y la aparente sed de los lectores por historias de sangre y vampiros; y pretextando una aparente adaptación a la pantalla: Planeta reedita esta floja novela de juventud de Rodríguez, un autor por demás competente. Un texto desangelado que pasa más tiempo explicando cómo son los vampiros a la Rodríguez, que contando una historia interesante. Si algo necesita una estaca, no es el género vampírico, muerto viviente al fin, sino la ambición comercial de algunas editoriales, dispuestas a publicar lo que sea, si está de moda.

4. El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez

Vásquez no quiere escribir un thriller, sino una mirada oblicua, analogía sobre el cambio que vivió Colombia con el ascenso y caída de los grandes cárteles de la droga. El problema es que la novela sufre una caída similar: en el arco dramático y la verosimilitud. Vásquez requiere que su personaje se convierta en un pseudo-detective-noir obsesionado y autodestructivo, capaz de poner su propia vida en vilo, sin mucho sentido, para descubrir una verdad que resulta siendo…bueno: aburrida.

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Para El Economista, arte, ideas y gente del jueves 12 de enero del 2012

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98 – Soluciones fáciles

La otra noche, como no tenía mucho que hacer, me puse a limpiar las grabaciones del Sky+, labor que conviene realizar con relativa frecuencia para evitar que el disco duro se congestione de capítulos repetidos de Criminal Minds o Final de partida.

El caso es que me topé con la entrevista/charla que hicieron en Es la hora de opinar a Ernesto Cordero a propósito de un folleto que escribió sobre su idea de país. Una suerte de plataforma electoral light, que el precandidato panista pone sobre la mesa para tratar de agendar los temas que le interesan.

A los lectores que súbitamente han perdido todo interés en este texto, les prevengo que no pretendo ahondar en el perfil de Cordero o en las razones por las que llevaba un saco arrugado con hombreras gigantes y una pulserita negra con dijes en la mano derecha. Ya lo sabrán sus asesores de imagen.

El tema que me interesa tiene que ver con un fenómeno bastante común en el lenguaje de nuestros políticos. Y con “nuestros” no me refiero a que los tengamos cerca del corazón o sean de nuestra propiedad, sino simplemente a los políticos que tenemos en México y lamentablemente nos “representan” en el gobierno.

Cordero, como el señor de la casa Peña Nieto, el amoroso AMLO, el decidido Creel y la nunca evasiva Vásquez Mota, suelen ser lo suficientemente competentes como para identificar los problemas que arrastra el país. De hecho, el taxista de la esquina, el vendedor de jugos a la salida del metro Balderas y cualquier peatón no nini que entrevistemos al estilo de 100 mexicanos dijeron, sería perfectamente capaz de identificar la mayoría de los problemas de México.

Es un lugar común de la crítica a los políticos el decir que sólo prometen y  nunca cumplen. Esa es, de hecho, la base de la tontería esa de firmar los compromisos ante notario que inició el exgobernador del Estado de México para demostrar que hablaba en serio y prepararnos para sus comerciales de mangas arremangadas y rostro fatigado (pero satisfecho) de tanto trabajo.

Sin embargo, si nos detenemos a escuchar, veremos que ya no suelen caer tanto en promesas desmesuradas. Lo suyo son ahora las soluciones fáciles.

Ejemplo clásico: La solución al problema económico del país, para que haya un crecimiento sostenido de la economía es: crear más empleos.

La idea detrás de la frase es que nos quedemos con las palabras solución, crecimiento y empleo. Poco importa que no haya solución ahí, que el crecimiento sólo se desea con el alma y que el crear más empleos sea otro problema, complejo por sí mismo.

Otro ejemplo: La solución para PEMEX es la inversión privada y para ello se debe reformar la constitución.

Ajá. Una de las bellezas más irónicas del sistema operativo PRI 10.0 es que aunque haya habido alternancia federal desde hace doce años; esta sigue operando bajo las reglas que dejó el PRI en sus siete décadas de gobierno, y para modificar estas no basta con que un precandidato, candidato o presidente lo digan con convicción. Requiere que el Congreso lo haga, y ahí mis estimados lectores es donde todo se va al garete y queda expuesta la infalibilidad retorcida del PRI.

En el sistema actual, da exactamente lo mismo si el presidente tiene en mente una reforma laboral, fiscal, educativa, sexual, moral, de salud, etcétera. Primero deberá pasar por el Congreso y sus juegos de intereses partidistas, y de ahí no sale una buena idea viva.

Las soluciones a últimas fechas son casi oxímoros de antología. Casi como decir que la solución a la pobreza es la riqueza.

Se proponen cosas como solucionar el problema educativo del país con una educación de calidad, moderna y laica. Subrayemos la palabra laica, porque es la manera sutil del precandidato de demostrarnos que pretende, no obstante la cruz de ceniza marcada en la frente y el medallón de la virgencita de Guadalupe en el pecho, tener a la madre iglesia detrás de la raya.

Si todas las soluciones a los problemas del país fueran así, qué maravilla. ¿El hambre? se soluciona con comida rica y nutritiva. ¿La inseguridad? con calles pacíficas sin criminales, haciendo valer el estado de derecho y acabando con la impunidad.

Ningún político se quiere meter en problemas explicando por qué es tan complicado encontrar una solución a los problemas del país. Ninguno quiere dar el salto entre el la retórica fácil y la política pública. En corto: no dicen cómo, y cuando parece que lo hacen, salen con soluciones que parecen tareas de preescolar.

No basta con que los suspirantes presidenciables suelan hablar como si fueran destapados de la maquinaria priista de antaño. Como si tuvieran el verdadero poder de hacer cambios a su antojo y criterio. Vamos, ni Obama consiguió una carta blanca así, a pesar de que ese fuera el “mandato” de su elección.

Pueden llegar a ganar, pero no consiguen vender ni a sus partidarios, ni al electorado, ni mucho menos a los ciudadanos lejos de las urnas, la necesidad de respaldar sus propuestas. Primero porque sus propuestas realmente no son tales, segundo porque el electorado no suele entender o interesarse por los jueguitos perversos del poder. Ellos votan y “ya cumplieron”.

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Para El Economista, arte, ideas y gente del miércoles 4 de enero del 2012

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97 – Peticiones desde el fin del mundo

Quedan cuatro días del 2011, este año maldito por tantas cosas que nos deja con la sensación de que algo hicimos en el 2010 para merecer esto, y bajo ese manto (o maldición) kármico, no nos queda más que encomendarnos con sonrisa esperanzada a alguna deidad divina producto de nuestra fe, imaginación o sentimiento de culpa, y esperar que el devenir sea más benévolo. Por lo pronto diez peticiones para un feliz 2012.

1 – Que no se acabe el mundo: que los mayas hayan estado equivocados o en su defecto que los intérpretes de los mayas sean los que se equivocan en sus cálculos. Si el mundo no caduca este 2012, los calendarios catastrofistas serán capaces de mandar nuestra eliminación hasta el 2027, lo que nos da otros quince años para preocuparnos por otras cosas, como por ejemplo:

2 – Que reelijan a Obama: No porque me quede mucha fe en el si se puede de la política estadounidense, sino porque en el Cirque du Freak de los candidatos republicanos no hay sombrilla que proteja a México (o para ser más claros al mundo). No se puede vivir tranquilo pensando que Sara Palin, Newt Gingrich, o algún otro de sus ilustrados precandidatos fuera a ocupar la Casa Blanca. Ya de paso: y que se caiga el muro: Para ser un país que celebró como triunfo moral e histórico la caída del de Berlín, parece disfrutar demasiado levantando uno entre su frontera y la nuestra.

3 – Que tengamos elecciones sin conflictos: Que a la hora del duelo entre peligros para México, gane el menos peligroso y los demás lo reconozcan (como ganador, no como peligro), y ninguno de ellos se reelija como legítimo. Es una petición puramente por sanidad democrática y liberarnos de plantones, documentales de denuncia, marchas, tomas de tribuna a golpes, pactos bajo la mesa, alianzas inconfesables, etcétera.

4 − Amor y paz, que se acabe la guerra: Qué lista de deseos de año nuevo va sin pedir por la paz y el amor en el mundo. Como no vamos a pedir amor por el crimen organizado (esos temas del amor se los dejamos a AMLO y no queremos que nos multe el IFE por hacer publicidad electoral), no nos queda más que pedir que sea un año más pacífico, donde se pueda circular en las carreteras del país quedar de extra en un tiroteo, donde se pueda ir a un bar a tomar una cerveza libre de plomo, y donde los medios dediquen sus habilidades aritméticas a contar otra cosa que muertos.

5 -  Que la rieguen caras nuevas: Sí, serán muy folclóricas, pero las declaraciones de Vicente Fox ya dan pena ajena. No digamos los insultos de Fernández Noroña o los libros de mil páginas de Salinas; necesitamos desesperadamente un puñado de políticos polémicos, torcidos, o de plano estúpidos a los que les guste hacer declaraciones sin inhibiciones ni temor por las consecuencias. Aunque Cordero y EPN hayan audicionado últimamente, todavía les falta.

6 – Que el gabinete sobreviva el sexenio – No por ser mórbido ni recurrir al humor macabro, pero hay puestos en el gabinete presidencial que tienen más rotación que la caja de un McDonalds. La seguridad del gobierno no puede estar sujeta a rebajas en equipo usado y mantenimiento de segunda. Que las tragedias de Mouriño y Blake Mora sean una lección irrepetible: necesitamos un protocolo de Seguridad Nacional más serio.

7 – Que salven al Euro: No se trata de cariño por la moneda europea, ni siquiera alguna agenda oculta en favor de las economías griega o española. ¿Queremos volver a escuchar que el valor de Messi se cuantifica en tantos miles de pesetas? ¿Que cuando algún personaje de los hermanos Dardenne asalte a alguien en la calle le saque trescientos florines y no tengamos ni idea cuánto valen? ¿A poco conviene dejar al dólar como único estándar internacional?

8 – Que se renueve Tercer Grado – A lo mejor en el mapa global este punto es tan trivial que no merece la pena mencionarlo. Pero no deja de ser el principal programa político de la televisión mexicana, y lo único fresco que se ha hecho en años es tapizar sillones y cambiar alfombras. Se necesitan una o dos voces nuevas, y revitalizar el formato, contestar preguntas preseleccionadas del público quizá: que le echen un vistazo a No Huddle en NFL Network.

9 − Que Peña Nieto lea 1.89 libros en el 2012: Y así por lo menos no nos baje el promedio nacional. Además si lee un libro, y 0.89 fragmentos de la Biblia, será mucho más fácil recordar el título para la próxima. Y que el resto de los mexicanos se proponga leer tres: así aunque la clase política falle, el promedio subirá y nos acercaremos a Azerbaijan en el lugar 138 del mundo (o el 49 de la OCDE para los que compiten en esa liga).

10 – Que se acaben los torneos cortos: Tienen más probabilidades las otras peticiones (la FEMEXFUT es muy necia). Es por ello que pido, en ánimo de crear agenda, si quieren, o por lo menos, buzz, o de perdida un trending-tuit, que la luz ilumine a los directivos y les haga entender que así no es negocio. Que amarrarse para lucrar con tres partidos de liguilla no sirve de nada si el resto de la temporada los estadios están vacíos, si los equipos nunca son capaces de realmente hacer pretemporada y renovarse, si no se puede conseguir un ciclo deportivo sano o competitividad internacional. Y los torneos largos de antaño son la solución. En serio.

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Para El Economista, arte ideas y gente, del miércoles 28 de diciembre del 2011

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96 – ¿Semana perdida?

Llega la semana prenavideña y si una alegría nos supone, es podernos olvidar (por fin) de las metidas de pata de Peña Nieto y sus señoras de la casa, las forzadas entrevistas donde Ernesto Cordero nos muestra que es el candidato cool, los intentos de Josefina Vasquez Mota por convencer a sus dos competidores a que de una vez renuncien a golpe de encuestas. En fin, a toda al repetitiva y (casi siempre) interminable atmósfera electoral que nos ha venido ahogando en las últimas semanas (¿meses? ¿años?).

La televisión también se toma un respiro, repitiendo las series como si los espectadores que no han seguido sus estrenos estuvieran justo esperando esta semana vacacional para darles la oportunidad, y esperando de los fans horas de asiento resignadas, como si no tuvieran un control remoto en la mano.

En cualquier caso, si esa era la intención, nada más perfecto que darle una oportunidad a las tres series más interesantes en el aire: Revenge (Sony), Grimm (Universal), y The Walking Dead (Fox). Tres motivos oscuros y quizá poco navideños, pero igualmente satisfactorios por contraste. La primera, es una luminosa versión de Montecristo en Los Hamptons (o sea la historia de una chica con dinero, imaginación y ganas de vengarse de una lista de viejos conocidos). La segunda un viaje oscuro y delicioso a los cuentos de hadas como una suerte de perfil psicológico de una realidad paralela de horror. Y la tercera: repitiendo los primeros ocho capítulos de la segunda temporada de sobrevivientes del holocausto zombie, después del maravilloso y escalofriante midseason finale de hace dos semanas.

Es poco probable que dediquemos las noches a mirar los noticieros para enterarnos qué tan graves están las protestas en Egipto, o cuál es la temperatura más baja que alcanzará la sierra de Durango en las próximas horas. Hora para la clásica pieza periodística sobre los preparativos vacacionales para la Autopista del Sol, y la posibilidad de que se convierta en galería de tiro (con bellas imágenes de autos pasando por la primera caseta rumbo a Cuernavaca); y los riesgos ambientales cuando el aire frío sopla sobre el Valle de México (imágenes de archivo de gente enchamarrada cruzando la calle en el primer cuadro de la ciudad).

Las horas de ocio se pueden aprovechar mejor leyendo alguna novela de Krauze, especialmente la antítesis del libro que dice las mentiras sobre el libro, esa joya de la literatura nacional que muchos exigen a su librero de confianza en estos días. Si no lo consiguen, es el momento perfecto para sumergirse (sin miedo) en las ochocientas páginas de Juego de Tronos de George R.R. Martin, por fin editado en México. Es el inicio de su brillante saga fantástica, tan bien llevada por HBO a la pantalla chica este año, y que es capaz de poner a leer a países que no leen. Martin acaba de ser nombrado el segundo autor más popular del 2011, y eso podría no ser suficiente para algunos, pero ellos suelen no necesitar que les recomienden libros.

Otras novedades que vale la pena leer (o regalar): El descubrimiento de las brujas de Deborah Harkness, 11/22/63 de Stephen King (o en su defecto Todo oscuro sin estrellas), Laguna de Bárbara Kingsolver, Las Alas del dinosaurio de Sissel-Jo Gazan, Norte de Edmundo Paz Soldán, No abras los ojos de Verdon, y hasta alguno de los divertidos Diarios de Greg.

Los que no hacen filas en tiendas, ni leen, ni se sientan frente al televisor, esos casi ninis del ocio, a lo mejor esperan pacientemente la llegada (siempre tardía) de la temporada invernal de cine, (léase la temporada de premios) donde se deberían de estrenar algunas de las cintas nominadas en los próximos Globos de Oro (como The Artist, Tenemos que hablar de Kevin, Melancolía, Tinker Tailor Soldier Spy, The Descendants).

Se frotan las manos esperando la brutal versión de Fincher de Los hombres que no amaban a las mujeres, o la nueva Misión Imposible a cargo del director de Los increíbles; el tardío estreno de En un mundo mejor, o de perdida la anticipadamente decepcionante (no lo digo yo, sino la crítica): Las aventuras de Tin Tin en 3D.

Lamentablemente, lo más probable es que nos encontremos con muchas salas de Alvin y las ardillas 3; el churro acaramelado de temporada: Año nuevo; el Gato con Botas 3D de Banderas; lo que pretenden vendernos como Sherlock Holmes con anfetaminas; y esa cosa infumable que se llama Jack y Jill. No perdamos la esperanza, después de todo es navidad.

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95 – 2011 en la memoria

 

Cuando la ceguera que nos provoca la cercanía se diluya, y los días den lugares a semanas y meses, y nos acerquemos a esa suerte de objetividad que nos genera la distancia, ¿cómo recordaremos el 2011?

No cabe duda que muchos alzarán la mano y apuntando el dedo flamígero a la presidencia de la república, dirán que el año se recuerda por la violencia, las miles de muertes, la estrategia (fallida o no) frente a la guerra. Otros recordarán la tragedia del poeta Sicilia, sus marchas, el emotivo encuentro en Chapultepec, los desaguisados con el Congreso, la aparente imposibilidad de que alguien le ponga nombres y apellidos a los muertos.

2011 como el año donde el congreso prometió una vez más reformar el país y donde la parálisis legislativa impulsada por la bancada priísta prefirió congelar a dar inadvertidamente ventaja a sus rivales políticos.  El año en que el PRI perdió elecciones frente a alianzas y luego aplastó en el Estado de México cuando no se pudo armar una.

El año de las entrevistas a Kalimba y al J.J. De la salida y regreso de Aristegui. De las grandes detenciones y las peores balaceras. El año en que se empezaron a dibujar fronteras invisibles en el mapa nacional, donde se recomienda no cruzar, transitar o siquiera encuestar. El año de nuestro primer narco-diputado, de la muerte del segundo secretario de gobernación en el sexenio; y el primer acuerdo de medios para no hacer apología al crimen, ni en lenguaje ni en imágenes, seguido de los videos de tortura, el miedo a través de las redes sociales y la persecución de tuiteros del estalinista gobierno veracruzano.

Otros apuntarán al terreno internacional, los levantamientos en Egipto y otras naciones de mundo árabe, la sangrienta caída de Gadafi, las lamentables violaciones a los derechos humanos cada vez que uno de estos regímenes escucha pasos en la azotea.

Muchos apuntarán a la crisis económica estadounidense, a los minutos de insolvencia gubernamental, a la parálisis impuesta por el tea party que dejó la reputación crediticia del país por los suelos, y la idea de que Obama sí podía como un lema más de campaña que nunca llega a realizarse.

Algunos recordaremos, como parte de esas pesadillas que nunca ceden, el tsunami japonés, la ola interminable y el terror nuclear de Fukushima, las horas en que el mundo contemplaba a sudorosos funcionarios japoneses temblando mientras el agua invadía los reactores de la vetusta planta.

El año de la masacre de jovencitos en Noruega, de la caída del tabloide inglés más popular por el escándalo de las grabaciones de teléfonos de realeza, celebridades y policía; y con ella la credibilidad del grupo mediático más poderoso del mundo.

El año en que el presidente del Fondo Monetario Internacional fue detenido en Nueva York por abuso sexual, sin saber si detrás había una gran conspiración de Wall Street para borrar sus palabras en The inside job, o la más ejemplar justicia policial frente a un individuo de moral ambivalente y perversa.

El año en que la Unión Europea se tambalea mientras Alemania y Francia se niegan a rescatar las economías de Grecia y España, en que el presidente italiano más corrupto de la historia renuncia dejando una larga pista de basura, corrupción, abuso de poder, y tristes anécdotas de prostitución y desenfreno mediático.

Un año que no soporta un balance detenido, porque una sola de estas noticias es capaz de amargarle el día a cualquiera.

Podríamos hacer un aparte para las notas chuscas, el delicioso humor de López Dóriga para afrontar su Juayderito, y la pasmosa falta de recursos del candidato Peña Nieto para hacerle frente a su propio Watergate de ignorancia.

Lo cierto es que la mayoría recordaremos el año por nuestras propias historias: las familiares, los éxitos personales, las crisis de salud, los pequeños momentos felices y los retos que enfrentamos y nada tienen que ver con el espectáculo mediático. Ya decía Sabina en “Eclipse de Mar”: hoy amor, como siempre el diario no hablaba de ti, ni de mí.

Y son esas historias invisibles, personales, nuestras pasiones, pérdidas, pírricos triunfos, rincones emotivos, las que realmente marcarán nuestra memoria del 2011. Lo demás lo podemos dejar para los resúmenes noticiosos, los almanaques y los libros de historia.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente del jueves 15 de diciembre del 2011

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Crimen y el origen de las aves

 

Sobra, a estas alturas, hablar sobre el revuelo internacional que ha causado la literatura policial escandinava. Cuando hablamos del policíaco nórdico, solemos incluir a los Suecos (Mankell, Nesser, Marklund, Theorin, Larsson), los noruegos (Fossum, Nesbø, Holt, Ola Dahl), al islandés Indridason. Todos, por supuesto, inclinando el sombrero a los padres del género en esos lares: el matrimonio Per Wahlöö y Maj Söjwall y su serie de Martin Beck publicada entre los años sesenta y setenta.

Un país, que suele dejarse de lado en las listas de maestros de la novela negra nórdica, es Dinamarca. A pesar de que uno de los primeros éxitos internacionales surgió precisamente de las letras danesas. Me refiero a La señorita Smila y su particular percepción de la nieve (Tusquets, 1994, fuera de catálogo) de Peter Hoeg. Un extraordinario libro que dio la vuelta al mundo antes que el inspector Wallander apareciera en las listas de best-sellers.

En la misma tradición, Las alas del dinosaurio (Alfaguara, 498pp, $269.00) de la danesa Sissel-Jo Gazan, acaba de llegar a los estantes de novedades, con la recomendación de haber sido elegida recientemente la mejor novela policíaca danesa de la década 2000-2010 por la Radiotelevisión Estatal de Dinamarca a través de su Club de Novela Negra, con más de 50,000 miembros. Además de receptora del DR Literary Prize del 2008/2009.

Es apenas la quinta novela de una joven autora, que muestra una extraordinaria madurez narrativa. Las alas del dinosaurio cuenta la historia de Anna Bella Nor, madre soltera, estudiante de biología en la Universidad de Copenhague, que elabora su tesis sobre el origen de las aves. La tesina se inserta en una polémica internacional, sostenida en parte por su director de tesis, Lars Helland, quien sostiene que las aves descienden de los dinosaurios (punto de vista generalizado de la comunidad científica internacional), y Clive Freeman, un profesor canadiense que sostiene lo contrario. Cuando Helland aparece muerto, entra a escena el policía más desesperante del mundo (según Anna): el inspector Søren.

Hay varias cualidades que destacar en Las alas del dinosaurio, primero, que no se inserta en la tradición nórdica de señalar y criticar los fracasos del estado de bienestar; aunque haga un señalamiento dirigido a la decadencia de las instituciones universitarias como centros de investigación; pero ni siquiera se trata de eso.

Gazan construye un entramado psicológico con mucho fondo, deteniéndose, primero, en la parte científica; pero más allá, en los antecedentes familiares, trágicos y no, de cada uno de sus personajes. Todos llenos de misterios, y muchas mentiras. Hay que decir que no hace esto como mero recurso para pintar un rasgo aquí y otro allá, que le de dimensión y verosimilitud a sus habitantes; va mucho más lejos.

Llega un momento en la historia, en que lo que menos nos importa es la solución del crimen (que no deja de ser sólida y bien pensada), queremos saber lo que sucede en el día a día de Anna, en la sufrida memoria de Søren, en la accidentada carrera académica de Freeman o algún otro de los profesores. Queremos que los múltiples misterios de sus pasados, encuentren una explicación, una catarsis, un respiro de redención.

Las alas del dinosaurio es una gran novela policíaca, merecedora, sin duda, de los elogios que la preceden en la academia y prensa danesas; pero más aún, es una gran novela. De lo mejor publicado en este 2011.

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Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del martes 6 de diciembre del 2011, publicada como Crimen y ¿filogienia de aves?

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94 – Qué decir si no lees (o se te olvidó)

El escenario era ideal para lanzar el libro: la FIL de Guadalajara en su veinticinco aniversario. La obra: doscientas páginas de material de campaña, ideal para incondicionales. Un pisapapeles editado por Grijalbo. El autor: el precandidato del PRI a la presidencia de la república: Enrique Peña Nieto.

Y entonces, la pregunta fatídica. Díganos, por favor, tres libros que hayan influido su carrera política. ¿Es el fin del mundo de que hablaban los mayas? ¿La intervención de un reportero insidioso? No, es la pregunta más trivial y predecible, no digamos en una feria del libro; sino a un autor que presenta uno de su (supuesta) autoría.

Lo que sigue es conocido e imposible de tapar por más control de daños que intenten las docenas de asesores. Tres minutos de risa loca. Un Juaydekrauze inolvidable. Dos tuits desafortunados, y tres días después: trend-topic nacional, dentro y fuera de Twitter.

¿Qué estás leyendo? preguntaba Ciro Gómez Leyva a cada colaborador que desfilaba anoche en su noticiero (todos respondieron).

Al final, lo que más se le reprocha a Peña Nieto, no es su incapacidad para recitar un puñado de autores y obras para satisfacer la pregunta del público; lo que se le está reclamando es su incapacidad de simular.

Jesús Silva-Herzog Márquez apunta que el problema fue verlo caer lentamente sin que las neuronas fueran capaces de interrumpir la caída. Se ha dicho que es un problema de improvisación: no debe improvisar, debe atenerse a los guiones y al teleprompter. Puede ser. Pero no nos engañemos.

A la población mexicana le importa muy poco que Peña Nieto lea todas las noches los grandes clásicos de la literatura mexicana, mundial o los best-sellers de la autoayuda y el chisme político. Si tenemos claro que en México nadie lee, nadie tampoco se sorprende de que no se lea.

El problema es la incapacidad de montar bien el espectáculo: simular. Peña Nieto, como el aspirante de reality musical que se olvida la letra de la canción y se queda diciendo la-la-la-la los tres minutos. O peor aún, se detiene, mira a los jurados y ruega: ustedes seguro se saben la letra, díganme un poquito, no sean gachos.

Nadie asiste a presentar un libro a la feria internacional más importante de Iberoamérica, sin saber que es posible, digamos muy probable, que alguien le pregunte sobre sus lecturas. El que el precandidato priista, asistiera sin preparar ese aspecto habla sobre la soberbia del que se sabe ganador antes de la carrera. No le importó si le preguntaban o no sobre sus lecturas. Pensemos, para aprovechar, en una recomendable: la fábula de la liebre y la tortuga.

No importa si lee, que a lo mejor sí lo hace, o si el suyo es un caso de analfabetismo funcional, de lectura de comprensión, o de amnesia selectiva, una respuesta como la que se le pidió podría haberse preparado, ensayado y tenido lista, como mil preguntas y respuestas prefabricadas que se recitan durante la campaña.

Los mexicanos podemos estar acostumbrados a escuchar que leemos 1.5 libros por año, o alguna cifra así: los académicos se rasgan las vestiduras, los mediáticos explican la atención que despiertan los nuevos medios y las redes sociales, los científicos elaboran teorías sobre la fragmentación de la atención en el individuo de la era Google.

Lo cierto es que los lectores, y autores que frecuentan las ferias del libro son los que suben ese promedio de cero a 1.5, y son el público menos propicio para aplaudir a alguien a quién no sólo le importa muy poco la lectura, sino que le importa menos el público y el sitio donde está presentando su libro.

Vamos, le importa tan infinitesimalmente que ni siquiera fue capaz de inventarse la respuesta de rigor. La lista por default: Pedro Páramo, Aura, Dos crímenes. Cien años de Soledad, El Quijote, La fiesta del Chivo. La que fuera.

Es claro que el Grupo Atlacomulco no tiene club del libro, y que cuando se reúne EPN con sus compadres a repartirse el gabinete del próximo sexenio, el tema de conversación no suele transitar por las praderas literarias. Y no importaría.

No necesitamos un presidente que cite elocuentemente a Platón, Alfonso Reyes o al recurrido Krauze, como tampoco necesitamos uno que sea incapaz de leer sus discursos, sin quedarse mudo porque se cayó una página del podio. Pero sí necesitamos uno que sea capaz de plantar cara a lo imprevisible, aunque no lo sea, y no haga el ridículo, se ruborice, llene de muecas, despeine el gel inamovible, mire desesperado a su asesor, mientras da vueltas a frases como “las mentiras del libro sobre el libro” sin ser capaz de reírse de sí mismo, decir un chiste, cantar el himno, decir algo trillado como “no importa lo que yo leí, sino que ustedes lean este libro”; cambiar el tema o alcanzar a leer la bolsa de la compra del que está en primera fila.

De hacer el ridículo sabemos mucho los seres humanos, y no nos gusta: en carne propia o en la palestra de nuestros presentes y futuros líderes.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente, miércoles 7 de diciembre del 2011

 

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